¿Cómo enseñamos a mirar el territorio? Una experiencia desde la educación ambiental

20/10/2026

En el marco de la Semana de la Educación Ambiental, la Facultad de Educación comparte una experiencia del curso Educación Ambiental en el Nivel Inicial, en la que futuras docentes aprendieron a leer el territorio y sus desafíos a través de la narración oral.

Los reportes climáticos nos recuerdan que fenómenos como El Niño pueden tener efectos distintos según las regiones y las condiciones de sus ecosistemas. Comprender esas diferencias requiere algo más que recibir información: requiere aprender a mirar el territorio, reconocer sus características y entender cómo se relacionan sus elementos.

¿Cómo se aprende a comprender el territorio? En el curso Educación Ambiental en el Nivel Inicial, de la Facultad de Educación, empezamos por una pregunta más sencilla: ¿qué recordamos de nuestra infancia en contacto con la naturaleza?

Casi nunca recordamos una definición. Recordamos un lugar, un olor, una textura, un animal, una emoción. Por eso trabajamos desde el aprendizaje vivencial: una experiencia no consiste simplemente en realizar una actividad, sino en involucrarse, explorar, hacerse preguntas y construir significado.

Un animal, un territorio, una historia

Cada estudiante escribió un cuento sobre un animal y lo interpretó mediante la Narración Oral Escénica, el arte de contar con la voz, el cuerpo, la mirada y el silencio. Antes de narrar, tuvo que investigar dónde vive ese animal, qué necesita para sobrevivir, qué amenazas enfrenta y qué ocurre cuando su ecosistema se deteriora.

Las historias recorrieron distintos territorios del país. Hubo cuentos sobre el otorongo, habitante de los bosques amazónicos; el zorro costeño, vinculado a los ecosistemas de bosque seco; y el pingüino de Humboldt, que vive en el litoral y depende de las condiciones del ecosistema marino para alimentarse.

La investigación también permitió descubrir aspectos que suelen pasar inadvertidos. Al estudiar al zorro costeño, la alumna Yhanis Huacho reparó en una necesidad concreta: la sombra que encuentra bajo las ramas de los algarrobos. En sus palabras:

“No pensé que algo como la sombra […] iba a ser determinante para poder entenderlo”.

Ese descubrimiento la llevó a reflexionar sobre la importancia de los árboles para la supervivencia de esta especie y sobre cómo la tala puede alterar las condiciones de su hábitat. Mirar desde las necesidades de un animal permitió reconocer que aquello que parece secundario para las personas puede ser indispensable para otros seres vivos.

La experiencia también permitió comprender que investigar no termina al reunir información. Para la alumna Karla Gutiérrez, representar al otorongo implicó prestar atención a sus hábitos nocturnos, sus movimientos al cazar y su rugido. Como explica:

“La narración oral escénica no consiste solamente en contar una historia, sino también en investigar, observar y buscar maneras de representar al animal de forma más cercana a su naturaleza”.

Así, la información dejó de ser una lista de características y se convirtió en una experiencia que exigía comprender al animal para poder representarlo. La voz, el cuerpo y la imaginación no sustituyeron la investigación: le dieron otra forma de expresión.

Un cierre que no dice qué pensar

Las estudiantes tenían un reto adicional: terminar sus historias sin moraleja. Nada de “por eso debemos cuidar la naturaleza”. El final debía dejar una pregunta, una imagen o incluso un silencio.

La decisión tiene un sentido pedagógico: una moraleja entrega una conclusión ya hecha; una pregunta abre la posibilidad de construir una propia. En la narración oral, la imaginación también forma parte de la experiencia de aprendizaje.

Este enfoque invita a revisar cómo enseñamos educación ambiental. No basta con que los niños memoricen el nombre de una especie o coloreen una ficha sobre ella. También podemos invitarlos a imaginar cómo se desplaza, qué necesita para vivir, qué ocurre cuando pierde su hábitat y cómo se relaciona con otros elementos de su entorno.

En ese proceso, la información científica sobre el calentamiento del mar puede adquirir otro significado cuando comprendemos sus posibles efectos sobre las especies marinas y sus fuentes de alimento. Una información que parecía distante se vuelve más cercana cuando podemos relacionarla con la vida de un animal concreto.

Formar docentes que conviertan información en experiencia

¿Qué significa llevar este aprendizaje al aula de educación inicial? Para la alumna Fernanda Cervantes, quien trabajó con el pingüino de Humboldt, significa empezar por la historia y no por la ficha de aplicación. Imagina crear ambientes con sonidos del mar, invitar a los niños a moverse como pingüinos y proponerles situaciones en las que puedan explorar qué ocurre cuando escasea el alimento.

Su propósito es que los niños construyan una relación con el animal desde la experiencia y la empatía. Como señala:

“Quiero que mis niños no solo sepan que el pingüino existe y es gracioso o bonito, sino que quieran protegerlo porque lo conocieron, lo actuaron y lo sintieron parte de su historia”.

La propuesta no busca asustar a los más pequeños con las amenazas ambientales, sino ofrecerles oportunidades para observar, imaginar, preguntar y comprender. En ese sentido, las áreas naturales protegidas también pueden contribuir a este aprendizaje como espacios donde la biodiversidad, los ecosistemas y la relación entre naturaleza y bienestar se hacen concretos. El Perú cuenta con 77 áreas naturales protegidas de administración nacional, que ofrecen oportunidades para conocer de cerca esa diversidad y su importancia.

Formar docentes capaces de diseñar estas experiencias implica reconocer que la educación ambiental no se limita a transmitir conocimientos: también puede movilizar la curiosidad, el lenguaje, la expresión artística y la reflexión sobre nuestra relación con otros seres vivos.

La educación ambiental no prepara solo para el futuro. Nos ayuda a tomar mejores decisiones en el presente. Y a veces empieza con una historia.


Nota elaborada por:

Mag. Claudia Tuesta Velarde

Docente del Departamento Académico de Educación