Para los centros educativos que con anticipación regularon el uso de los dispositivos celulares, la reglamentación del Decreto Supremo N.° 018-2026-MINEDU, que regula el uso de estos y otros dispositivos electrónicos, es la confirmación de una decisión bien tomada y de protocolos que priorizan la experiencia significativa diseñada por el docente.
Es innegable el progreso que la tecnología ha traído a la educación. Muchas instituciones sobrevivieron al episodio histórico de la pandemia gracias a modelos de aprendizaje
virtuales que, aunque discutidos en su aplicación y eficiencia, permitieron mantener el intercambio educativo cuando muchos estudiantes no podían regresar a sus centros.
¿Por qué es valiosa esta decisión? Cecilia Colombo, estudiante de Educación Primaria de la Facultad de Educación de la PUCP, sostiene que “un estudiante debe estar abierto a interactuar, dialogar y participar en su comunidad desde sus propias habilidades, para luego poder emplear la tecnología de manera consciente”. Todo docente procura promover un ambiente que favorezca la atención, el aprendizaje, la convivencia y el desarrollo integral. Los dispositivos móviles deberían utilizarse como herramientas dentro de la experiencia de aprendizaje diseñada por el docente. Su disponibilidad sin regulación puede terminar limitando la intención pedagógica.
El problema no es que los estudiantes sepan usar tecnología. El desafío es que aprendan cuándo, para qué y cómo utilizarla. La escuela debe enseñar ese criterio. El dispositivo debe ser una herramienta al servicio del aprendizaje y no convertirse en la experiencia de aprendizaje misma. Que esta regulación no se entienda como un regreso al pasado. Debe confirmar que la escuela puede mediar entre herramienta y experiencia para hacerlas productivas.
Colombo aporta, además, una reflexión: “Me pongo a pensar en los niños de antes, que pasaban las tardes jugando en las plazas de sus pueblos. Hoy la tecnología ha ocupado ese espacio y ha ubicado a muchos niños en entornos virtuales que no siempre son adecuados, donde terminan confundiendo la realidad con lo digital”. Y no está lejos de la
realidad.
Hace unas semanas, un compañero llevó a su hijo a nuestro entrenamiento semanal. Él llevaba una bolsa con juguetes de plástico. El niño jugó con ellos, estableció roles, los hizo interactuar, se divirtió y creó escenarios donde la imaginación daba paso a nuevas historias. Esto es aprendizaje puro: autonomía, creatividad y la posibilidad de descubrir que divertirse no necesita una pantalla.
Quizás el desafío no sea alejar a los niños de la tecnología, sino devolverles la posibilidad de descubrir que, cuando una pantalla se apaga, el mundo sigue lleno de posibilidades. Los dispositivos y sus aplicaciones seguirán ahí. Sin embargo, también están la conversación, el juego, la imaginación, el “otro” y la capacidad de crear algo que no estaba programado.
Educar para el futuro no significa enseñarles simplemente a utilizar la tecnología. Significa enseñarles a reconocer cuándo es necesaria y cuándo podemos prescindir de ella. Porque cuando la pantalla se apaga, no termina el aprendizaje: comienza otra forma de mirar, conversar, imaginar y descubrir. Y quizás allí, precisamente allí, esté el verdadero sentido de educar para el futuro.